La mejor amiga de Jean-Paul Marat


Marat

Coautora: Aylen Pérez Hernández

Es la Francia de 1793. Una joven de 25 años vaga por todo París. El calor de julio es insoportable, pero esto parece no importarle a la mujer: desde hace hora y media recorre en círculos todo el jardín de Versalles. Ahora, cualquiera puede entrar a los espacios que antes solo se reservaban a la nobleza. Son los tiempos en que las finas cortesanas de ayer, tienen hoy que estropearse las manos para tejer algunas ropas y venderlas; cuando los príncipes que vivían en el ocio y la corrupción, ahora se confunden entre la masa de campesinos que lucha en la Vendeè; cuando los pobres que antes no tenían nada, ahora se ven con menos…
Ya se acaba la mañana y Charlotte Corday se aburre de pasear por Versalles. Según Nietzsche, las mejores ideas se ocurren caminando, pero este no es el caso: la mujer ya había fijado su objetivo. Tal vez solo se aplaca a sí misma, tal vez solo reconcilia las contradicciones entre sus planes y las enseñanzas que aprendió en el convento, tal vez solo se autoconvence ante los titubeos y dudas…Nadie sabe. Lo cierto es que al mediodía, Corday termina de dar la décima vuelta al jardín de Versalles y se dirige al comercio más cercano. Ahí compra el cuchillo que horas después clavará en el pecho de Jean-Paul Marat.
¿Qué llevó a una joven simpatizante de la República e instruida en las doctrinas cristianas, a asesinar al periodista de las masas, al defensor de los desposeídos, a “El Amigo del Pueblo”? ¿Acaso la antipatía personal? ¿Acaso las divergencias políticas? Explicarlo mediante cada una de las hipótesis por separado conduciría a la simplicidad. Solamente la riqueza de matices proporcionada por ambas permitiría comprender el por qué del asunto.
Marat -sin serlo- provoca las contradicciones que originan los ídolos. Es amado por los pobres, pero injuriado intensamente por los ricos; su poder no es grande, pero hasta los más fuertes le temen; su prosa brillante, pero comprensible para el pueblo; y su periódico, que dista de ser el de mayor tirada en París, es el más leído.
De no ser por su labor en “El Amigo del Pueblo”, Marat habría trascendido –en el mejor de los casos- como otro de los hombres que se arrojaron al huracán revolucionario, como otro de los que se ahogaron en sus aguas traicioneras. Tal vez su nombre solo se asomara en los libros cuando se contasen las matanzas en las prisiones de París (septiembre del 92´), y cuando se criticase al Comité de Vigilancia de la municipalidad –al que pertenece- por la extrema permisión de los hechos violentos. Tal vez nos lo encontraríamos en las actas de la Convención, cuando refieran las palabras de un parlamentario aislado al que casi nunca le aprueban sus propuestas. Porque eso es Marat: un parlamentario de débil influencia entre los legisladores, pues sus aliados -siempre coyunturales- no comparten los intereses de reivindicación popular que él persigue. Su verdadera influencia comienza fuera de la Convención. Ahí se convierte en un político feroz apoyado en la fuerza de las masas; por eso sus adversarios, en tono burlesco pero temeroso, le apodan “La ira del pueblo”.
El sustento de esta base popular lo constituye el periódico que redacta desde septiembre de 1789, y cuyas páginas responden a las tendencias más radicales de la Revolución. La tirada es de apenas dos mil ejemplares. Insignificante si se compara con los 10 mil del que dirige Mirabeu, o los impresionantes 200 mil de “Les Révolutions de Paris”. (Vovelle, 1963)
Pero según el historiador Jacques Castelnau, “cada ejemplar del periódico de Marat es leído por al menos cien personas”, por lo que la limitación física en la impresión se supera al multiplicarse los lectores por ejemplar. Además, debemos considerar que “el espeluznante analfabetismo de las clases populares” obliga a la lectura pública de los escritos, por lo que el número de receptores mediante la comunicación oral supera en ocasiones a los propios receptores de la letra impresa.
Incluso, su alcance llegaba más allá del propio París, pues “un día, podrá verse a un cura del Ardéche interesarse, en nombre de 300 000 patriotas, por la suerte del periódico”. (Vovelle, 1963)
La repercusión de “El amigo del Pueblo” trasciende al propio público al que está destinado. Influye también a otros medios.
“(…) otras publicaciones de ´extrema izquierda´ unen, algunas veces, a la suya sus propias voces: Camille Desmoulins, en sus “Revolutions de France et Brabant”, pese a una actitud ambigua y no siempre exenta de condescendencia, Loustalot o Fréron en sus periódicos, siguen a menudo una actitud pareja. Sin embargo, es Marat quien lleva la voz cantante y dirige el coro.” (Vovelle, s/f; p. 26)
Pero, ¿por qué, si el periódico de Marat arrastra tanto público, apenas cuenta con dos mil ejemplares por tirada? La respuesta es simple: Marat no tiene financiamiento.
“Para imprimir su periódico, dependió, al comienzo, de un librero, Dufour, que lo subvencionaba, lo imprimía y se encargaba de la difusión comercial, pero que se reservaba como contrapartida el 75 % del producto de la venta.
“Poco después Marat toma a su cargo la impresión del diario. La publicación de un periódico no era en aquel entonces muy onerosa: G. Walter, que ha estudiado esta cuestión, la evalúa en unas 40 o 45 libras cada 1000 ejemplares (el precio de una buena comida o de un palco en la ópera). Eso representa de 80 a 90 libras por los 2.000 “Amigos del Pueblo”. (Vovelle, s/f; p. 29)
Marat no es un buen comerciante. Es un político romántico que se preocupa en difundir su palabra, pero que obvia entonces sostener el medio en que la promueve. Los dividendos que le reporta la publicación apenas le alcanzan para subsistir e invertir en el número siguiente. Aún así, Marat regala 200 ejemplares diarios al Club de los Jacobinos, y muchos más a otros miembros de la Asamblea. Se presume que desde la fundación hasta la clausura del periódico, regaló 200 mil ejemplares en la Convención, cifra exorbitante considerando la cantidad de interrupciones que tuvo el medio en sus cuatro años de vida.
La limitación por causa del dinero ya evidencia desde el mismísimo comienzo del capitalismo las limitaciones inherentes del sistema en cuanto a la libertad de comunicar. Si bien el artículo XI de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, documento angular en la comprensión democrática del régimen burgués, apunta que “la libre comunicación de los pensamientos y opiniones” es uno de los derechos más valiosos del hombre, y que “todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente”, la práctica demostró que esa idea -que surge como concepción romántica de igualdad-, pronto se convertirá en el derecho de los ricos para reproducir su ideología y someter a los desclasados sin acceso a los medios. El sistema comercial constituye el propio freno de la libertad, pues el capital se erige como condición determinante para la difusión de ideas.
Mucho después, Lenin desenmascararía para siempre la libertad de prensa burguesa, cuando afirma que es “en todas partes donde hay capitalistas, la libertad de comprar escritores, de sobornar y comprar y fabricar opinión pública a favor de la burguesía. (Lenin en Vázquez Montalbán 2006, p. 112)
A este panorama se enfrenta Marat. Un hombre que si bien no es pobre, no presume de contar con abundantes recursos. En Marat se aprecian rasgos del desclasado. Su constante vagar por Europa sin asentamiento fijo: primero Boudry, después Neuchatel, Burdeos, París, Londres, Ámsterdam… (Barthou y Walter, 1934) Por eso “El Amigo del Pueblo” necesita un aliado, una fuerza que lo respalde en la Asamblea y converja con sus posturas políticas. Pero la Convención no es un lugar fácil para hacer amigos.
La traición se esconde bajo cada banco. Le entregan “Luis XVI a Vergniaud, Vergniaud a Danton, Danton, a Robespierre, y Robespierre a Tallien” (Hugo, 1975; p. 156). Cuando Danton camina al cadalso, sus últimas palabras las refiere a quien había sido su amigo y aliado: “Solo lamento irme antes que esa rata de Robespierre”, dice. Cuando el Incorruptible cae víctima del propio Terror que instauró, quienes antes lo adulaban ahora lo entierran en una fosa común, y vierten cal viva para que no quede ni su menor rastro sobre la tierra. ¡Tal es la lealtad que se prodiga en la Convención! Ahí encontrará Marat a sus aliados…
Los miembros del Pantano (el sector moderado de la Convención), los inseguros vacilantes que apuestan su cabeza según soplen los vientos, no admitirían a un sujeto siempre radical en su militancia; ni es posible tampoco que él pertenezca a semejante “banda despreciable”. A la Gironda mejor ni mirar: los enfrenta el antagonismo de clases que impulsará la historia de los siglos posteriores: la Gironda y el sector comercial, Marat y los consumidores; la Gironda y el liberalismo más atroz, Marat y la regulación incipiente; la Gironda y el oropel, Marat y los descamisados; la Gironda y la gran burguesía, Marat y sus obreros…
Solo la Montaña (sectores de “izquierda” de la Asamblea) se acerca a su línea. Y dentro de esta, aquello que está más a la izquierda de la izquierda. No confía en los Jacobinos –realmente Marat no confía en nadie-, porque a veces le parecen demasiado “moderados” para su gusto, porque el sector que representan por excelencia es la pequeña burguesía. Y aunque él pertenece a esta clase, siente que su compromiso es con los sans-culottes, considera su deber “llevar las súplicas de 18 millones de desesperados a los miembros de la Asamblea Nacional”. El Club de los Cordeliers es el único que admite una personalidad como Marat, es la única agrupación que concuerda –al menos medianamente- con el programa político del “Amigo del Pueblo”.
“Marat no se propone, ni se propondrá jamás totalmente, la abolición absoluta del régimen de propiedad, régimen al que considera una injusticia, aunque una injusticia inevitable. Pero, al menos, le parece una reivindicación mínima la de que la sociedad asegure a sus miembros el derecho a la vida, a la subsistencia, a la seguridad en la vejez y la enfermedad.
“Antes que Babeuf, Marat representa una etapa en la impugnación del derecho a la propiedad, pese, incluso, a que la idea de la colectivización le sea extraña todavía” (Vovelle, s/f; p. 22)
Tras la Toma de la Bastilla asume su intensa actividad periodística, pero anteriormente ya Marat poseía una labrada reputación como filósofo, científico y médico. Sus estudios sobre física óptica le valen la admiración de Benjamin Franklin, quien lo visita con frecuencia; y si no es miembro de la Academia de Ciencias Francesa es porque “los académicos estaban horrorizados por su osadía al disentir de Isaac Newton”. ¡Este es Marat!
El pensamiento filosófico “maratista” se construye sobre la idea del contrato social de Rousseau, por lo que “la sociedad se compromete a asegurar al hombre un destino igual, como mínimo, al que abandonaba” estando en el estado de Naturaleza.
“¿Pero cuál es el espectáculo de nuestro mundo? Las leyes son el instrumento que utilizan unos pocos para oprimir a la masa, su imperio (…) una tiranía ejercida por algunos contra la multitud: antes del panfleto de Marat, raramente había sido afirmado con tanta violencia el carácter clasista de la legislación.
No obstante esta reacción, Marat “admite la necesidad del régimen representativo en el que el pueblo delega sus poderes en una asamblea: ello se desprende de la imposibilidad de la democracia directa en un estado tan importante como Francia. Pero conoce los inconvenientes del sistema representativo, su pesimismo le dice que la naturaleza de los representantes populares les impulsa a forjar cadenas para el mismo pueblo (…) su realismo le hace notar que los diputados, de quienes dan idea las Asambleas revolucionarias, representan a las clases acomodadas mucho más que al pueblo.
“De ahí proviene la teoría maratista del “control de los elegidos por sus representados”. Hacer precarios los poderes de los diputados, someterles al control incesante y despierto del pueblo soberano gracias al derecho a revocarles, a examinar y discutir sus deliberaciones, a votar por medio de un referéndum toda ley importante.” Este es el retorno a la democracia directa que promueve Marat. (Vovelle, s/f; p. 45) Habría que ver si los diputados, que representan a la burguesía, lo permiten.
En la Revolución Francesa se define el futuro de toda la civilización occidental: los siguientes doscientos años de lucha han sido en busca de las reivindicaciones que se prometieron en 1789, y que en definitiva la burguesía frustró. Si existe un Carlos Marx, un Lenin o un Ernesto Guevara, es porque ni Danton, ni Marat ni Babeuf salieron airosos; sino los Brissot, los Bonaparte o los Barbaroux… Los objetivos de hoy, son el éxito que se esfumó ayer. Todavía se paga el triunfo de los reaccionarios…
La Revolución significaba el momento que la humanidad tanto había esperado. El momento en que un pueblo dejaba de someterse a un hombre, para solo inclinar la frente ante la Ley; cuando las ideas no respondían al dogma, sino a la razón; cuando el futuro no sería “determinado” por Dios, sino por el consenso social … Pero, ¿qué Ley, qué Razón y qué consenso se impusieron? En la turbulencia revolucionaria, cada quien trató de imponer la suya. Algunos con pasión, otros con astucia; algunos sin interés y otros por el beneficio más individual; algunos por la justicia y otros por mantener los privilegios; algunos por la gloria, otros por el pan… Lo cierto es que nadie quiso ceder. Demasiado larga la espera, cientos de reyes tuvieron que morir de viejos, millones de pobres de hambre y muchos filósofos en la hoguera o las mazmorras antes de la oportunidad. Nadie la dejó ir. Para imponerse hicieron “lo necesario”, ya sean acciones heroicas, traicionar a los aliados o mentir.
Pero en este nuevo contexto histórico el desarrollo de las acciones no lo determina ya un pequeño grupo de personas. “El triunfo es de los que se sacrifican” –dijo el cubano Julio Antonio Mella-, y los sans-culottes entraron el 14 de julio en la Bastilla exponiéndose a los cañonazos y a la represalia; por lo que ahora los desposeídos influyen en la toma de decisiones políticas.
“La Revolución ha desencadenado una nueva energía histórica de cambio: la acción de las masas. Y esa acción se desencadena a partir de detonadores que conforman la opinión pública.” (Vázquez Montalbán, 2006; p. 78) La comunicación se vuelve entonces un arma principal para los políticos.
Entre 1789 y 1792, aparecieron mil 100 publicaciones periódicas. Una de ellas “El Amigo del Pueblo”, redactado íntegramente por Jean-Paul Marat. Su objetivo: influir a las masas populares según las ideas de su redactor.
Marat lo reconoce como “una hoja diaria en la que se recordarán los principios al legislador, en la que se descubrirán todos los complots, en la que se desvelarán las trampas, en las que se tocará a rebato cuando se acerque el peligro.” (Marat en Vovelle, s/f; p. 30)
Materialmente, es una publicación de reducido formato, “el correspondiente a un octavo, está presentado como un folleto de ocho páginas, aunque algunas veces llega a diez o doce.
“(…) el plato fuerte lo constituía lo que nosotros llamaríamos un largo editorial, que ocupa la mayor parte del periódico y que, algunas veces, se prolonga de un número a otro. Uno o dos artículos, algunas noticias en forma de crónica al comienzo o al final del diario y algo de correspondencia con los lectores.
Por su contenido, “El Amigo del Pueblo” se inscribe en la tradición del periodismo doctrinal e ideológico, surgido en Inglaterra a raíz de la Revolución Burguesa de 1640.
“No es un órgano informativo. Naturalmente sigue la actualidad, comenta los sucesos parisinos y los de provincias, las sesiones de la Asamblea (…) no se siente ligado por el deseo de la noticia reciente o la información exhaustiva: así comentará, durante el mes de septiembre, la noche del cuatro de agosto. Poco lugar para la información simple y mucho espacio para las reflexiones.” (Vovelle, s/f; p. 30)
“Marat reivindicó para el periodista el rechazo de la objetividad estéril, de quien por miedo a adelantar acontecimientos o a arriesgarse demasiado, condena a su periódico a seguir la historia en vez de dirigir la opinión.
“Se equivocó a veces con respecto a ciertos hechos materiales y lo reconoció con honestidad; pero raramente podrá discutirse su acierto en el análisis general de las situaciones.” (Vovelle, s/f; p. 28)
Justamente, su capacidad para adelantarse a los sucesos y arriesgarse a decirlo, le valen una elevada admiración y credibilidad ante la sociedad francesa. Primero que todos, ya “El Amigo del Pueblo” predice y detalla lo referente a la huida del rey Luis XVI, incluso antes que se produzca.
El propio Desmoulins, para nada su simpatizante, lo reconoce: “Marat, dígase lo que se diga, tiene, a veces, excelentes reflexiones, y cuando me doy cuenta del cumplimiento de tantas cosas que ha predicho, siento la tentación de comprar sus almanaques”. (Vovelle, s/f; p. 134)
Marat olvida la mesura cuando se trata de escribir y agitar. No le gusta que le tilden de “moderado” en ninguna de sus vertientes, por eso en su periódico no hay cabida al titubeo.
“El escándalo hace aparición desde el comienzo: amonesta, denuncia la pusilanimidad de la nueva Asamblea constituyente, sus traiciones en la elaboración de una nueva Constitución. Enseguida, también, toca a rebato por la proximidad del peligro, puesto que es él quien, el 5 de octubre, alienta la rebelión del pueblo, preludiando las jornadas del 5 y el 6, en las que los parisinos marcharon sobre Versalles para apoderarse de la familia real”. (Vovelle, s/f; p. 30)
“Según Marat, el acceso de la plebe al poder exigía modificar la constitución del poder, instaurar lo que él no supo llamar una dictadura de clase, pero cuya significación pasaría de Marat a Buonarotti, a Blanqui, a Marx y Engels y definitivamente a Lenin.” (Vázquez Montalbán, 2006; pp. 78-79)
Su prosa es incendiaria. Invita a los sans-culottes al poder ante la traición de los legisladores:
“Cuando los mandatarios abusan continuamente de su confianza, cuando trafican con sus derechos y traicionan sus intereses, lo despojan, lo vejan, lo oprimen y maneja su pérdida: entonces el pueblo debe retirarle sus poderes, (…) castigar a los traidores y salvarse a sí mismo” (Marat en Bartheu, 1934; p. 272)
Pero parece que quien no quiere salvarse a sí mismo es Marat. El sistema asambleario francés llama a una especie de “fraternidad” forzosa entre los miembros de la Convención. ¿Por qué decimos esto? Porque en caso de presentarse una inculpación por cualquier delito y ser aprobada por minoría simple, la guillotina esperaría con los brazos abiertos al condenado. Por esto, los antagonismos aquí son, cuando menos, peligrosos. Pero la efervescencia revolucionaria le resta importancia a este punto, y las contradicciones son numerosas y encarnizadas.
“Guillotin evitaba encontrarse con David, Basire insultaba a Chabot, Gaudet se burlaba de Saint-Just, Vergeniaud despreciaba a Danton, Louvet despreciaba a Robespierre, Buzot denunciaba a Igualdad, Chambon vituperaba a Pache, y todos execraban a Marat.” (Victor Hugo, 1975; p. 164)
Pese a su aislamiento, “El Amigo del Pueblo” no le teme a las porfías. Es temerario y soberbio. Dicen que el 31 de mayo encara a un comandante de la guardia nacional cuyas tropas irrumpen en la Convención. Cuando le interroga qué hacen las huestes ahí, el oficial le responde que no le debe explicación a nadie, solo a su superior. Marat saca la pistola que guarda en el ropón. Dice que le volará la cabeza a quien le impida entrar o salir del edificio.
Otro día la Gironda lo acusa. El delito: atentar contra la seguridad pública. Leen el fragmento de un artículo en que exhorta a los sans-culottes a saquear los almacenes, y a colgar a los acaparadores – en efecto le obedecieron-. “El Amigo del Pueblo” se defiende, pareciese que con desgano. Solo pide que lean el artículo completo. Luego de su alegato lo absuelven.
No valora la jerarquía para emprenderla con los corruptos. No importa si es el mismísimo primer ministro Necker, o el hasta entonces distinguido Mirabeu. Al uno le dedicó tres panfletos: “Denuncia contra Necker”, “Criminal Neckerología” y “Nuevas denuncias contra Necker”; lo que le valió persecuciones policiales y el cierre de su periódico momentáneamente. Al otro, toda una campaña desde “El Amigo del Pueblo” para revelar sus traiciones.
Al uno le dice “has cambiado a todo un pueblo que te adora por unos hombres soberbios que te desprecian”, al otro que “solo solicitó con empeño el honor de convertirse en un representante para vender sus intereses al déspota”; al primer ministro, que “podía gozar de la gloria inmortal de salvar a Francia”, pero que “decidió ser su azote; a Riquetti, que es “el más terrible enemigo que hay en la Asamblea”… Así son las disputas con Marat.
Sus objetivos confesos son la derrota total de la monarquía y debilitar a la facción enemiga. Vivió en Inglaterra, y considera que cualquier pacto con la corona se traduciría en la corrupción total del parlamento. Una vez decapitado el “último Capeto”, en enero del 93´, se concentró en su segundo interés: La Gironda. Desde su periódico emprendió una campaña de desacreditación hacia ella, y la respuesta no se hizo esperar.
Desde el poder, sus antagonistas proponen un decreto contra los “envenenadores de la opinión pública” para callar a Marat. “El Amigo del Pueblo” protesta: “Ellos son quienes, para aplastar a los vigilantes y censores incómodos, propusieron un decreto contra la libertad de prensa, con el pretexto de suprimir a los agitadores”. La derecha continúa. Acusa a Marat, a Danton y a Robespierre de aspirar a la dictadura. La Convención lo niega. Marat riposta desde su periódico. Nuevamente la Gironda lo intenta, y en febrero inculpan otra vez al “periodista más radical de la Revolución”. Esta vez el margen es estrecho, pero no lo condenan. Cada día “La ira del pueblo” es más bravucón, y cuenta con menos apoyo en la Asamblea. Por fin en abril creen vencerlo, cuando ante una nueva impugnación “El Amigo del Pueblo” responderá ante los tribunales.
Pero Marat es intocable. Cuenta con el respaldo de los sans-culottes. Su influencia en la opinión pública rinde frutos; por la presión popular lo absuelven. Marat le gana la porfía a la Gironda: se vale de la superioridad de su palabra. Por esto, es considerado el enemigo número uno de la derecha, y seguirá la propaganda en su contra.
Mientras el hombre vive su momento de gloria con las masas, a sus espaldas traman la conspiración que derrocará a los girondinos. Los Jacobinos aprovechan la desgastada imagen de la derecha para usurpar el poder por la fuerza y proscribir a sus contrarios. A pesar de contar con el apoyo popular, la izquierda es minoría en la Asamblea (264 escaños contra 136). Se percatan que deben canalizar ese apoyo, ganado mediante la opinión pública, en acciones concretas que los lleven a irrumpir el poder. Marat está al margen del asunto. El 31 de mayo comienzan los acontecimientos. El 2 de junio se consuman los planes.
La reacción Jacobina es violenta. Otra vez en las plazas públicas ruedan las cabezas, esta vez los girondinos son las víctimas. Aunque poco tiene que ver Marat con los sucesos, sus intensas fricciones con los derrocados lo hacen ver como uno de los responsables. En las semanas siguientes lo siguen señalando, sobre todo los sectores más afectados. En Caen la represión es feroz. Charlotte Corday sale huyendo y llega a París el 11 de julio. Ya han pasado dos días.
Cuando por fin se convence de lo que hará, la mujer termina el paseo por Versalles. Se dirige al comercio más cercano y compra el arma homicida. En casa, Simone Évrard, la obrera a quien Marat propuso matrimonio hace un año, le prepara un baño. La enfermedad de su piel empeora cada día. Ya no se le ve en la Convención, y a duras penas redacta el periódico. Así se pasa horas en la bañera -su escritorio improvisado-, rodeado de papeles y escritos a medio acabar…
Finalmente Corday llega a la calle de los Cordeliers. Busca el número 18 y fuerza la puerta. El periodista toma un baño despreocupadamente, no espera visitas. Ante la resistencia de la empleada, Charlotte invoca una necesidad urgente: ha arriesgado su vida para traer una lista de traidores que debe ser publicada. La dejan pasar.
Marat la recibe en su bañera. El frescor del agua le alivia los dolores. La chica no tiembla y rápidamente le dicta los nombres falsos. “El Amigo del Pueblo” le sonríe agradecido; afirma que en ocho días irán a la guillotina. En breve, la mujer le regala la inmortalidad.
Bibliografía:
Barthou, Louis y Walter, Gérard. (1934). Marat. Santiago de Chile: Osiris.
Castelnau, Jaques. (s/f). Marat: El Amigo del Pueblo. México: América.
Hugo, Víctor. (1975). El noventa y tres. La Habana: Ediciones Huracán.
Vázquez Montalbán, Manuel. (2006). Historia y comunicación social. La Habana: Félix Varela.
Vovelle, Michel (comp.). (s/f). Textos escogidos. Barcelona: Labor.
Vovelle, Michel (comp.). (1963). Textes Choisis. París: Editions Sociales.

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Un comentario en “La mejor amiga de Jean-Paul Marat”

  1. Ciertamente puede un hombre labrarse un destino trágico si utiliza un periódico o un medio de comunicación como organo de divulgación ideológica e instrumento de lucha política. Con eso logra ganarse la simpatía de sus aliados pero también el odio de sus opositores politicos

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