El Gran Capitán


barco de papel

La muchedumbre está agitada, ansiosa. Los últimos tiempos han sido inciertos; el futuro se muestra impredecible. La suerte de todo un país está al borde de un precipicio insondable: el bienestar económico parece extinguirse, un muro de ilusiones se derrumba, parece que no hay freno ante lo inevitable.
Los aliados han colapsado y una isla parece hundirse entre las aguas: pero los “tripulantes” mantienen la esperanza, ¿cómo no hacerlo ante la guía del “gran Capitán”?
Se escucha un bullicio generalizado mientras se espera el ascenso a la tribuna del gran líder: todos esperan que aclare el porvenir, a que explique “el plan” salvador. Por demás, también aspiran a verlo, a tocarlo si se puede, a conversar con él: porque es un hermano más, un ser querido, Él es de la familia.
Ya saluda, conquista el podio, sonríe. Embriaga a todos con su oratoria, enamora al público. Ya el panorama se aclara, muchas dudas comienzan a disiparse.
“Ni en “Lapsus Extraordinario“ habrá pordioseros aquí, porque no habrá nadie que le falte el alimento, lo que haya sería repartido: la electricidad repartida, todo repartido. Pueden sobrarnos brazos, pero no habrá nadie en la calle. A lo mejor les damos libros para que lean, estudien, se cultiven; un tiempito para la televisión, la radio. Quizás disponga el ciudadano de mucho más tiempo, ¡maravilloso!, unas vacaciones en el “Lapsus Extraordinario“”.
Termina el discurso. La gente se va con más aliento, con Fe en el futuro.
– Mami, entonces no va a ser tan malo.
– No mi niño, Él lo dijo. Todo va a estar bien.
Pero la realidad sería otra. Pueblo alguno jamás afrontó tantas dificultades tan abruptamente. Pero la gran mayoría de la “tripulación” siguió a su “Capitán”, aunque en las dificultades vacilaran, aunque muchos “marineros” tomaran botes y se echaran al mar en busca de algún “trasatlántico”.
Y cómo hace un gran líder para mantener el poder absoluto aunque su “nave” zozobre, cómo se explica la pasividad de sus súbditos. ¿Cómo embelesar a tantos individuos pensantes, de una educación decorosa, aptos para percatarse de lo inocultable? ¿Será una relación de amor verdadero entre Él y las masas? ¿Y acaso el amor no es cruel y manipulable, propenso a las traiciones?
La respuesta a las anteriores preguntas se basa en la capacidad del “guía” para consolidar su autoridad. Solo una autoridad fuertemente consolidada puede explicar lo que sucede en este “barco”.
Pero, ¿cómo se pueden lograr de una manera poco violenta y con un matiz democrático tales resultados?
La popularidad es un factor determinante. Aquí influye el carisma personal, la capacidad de manejar las masas. Pero sobre todo, el aparato propagandístico montado alrededor de la figura. La prensa ocupa un papel destacado en esta labor, pues es el factor que continúa obrando en el proceso educativo del adulto, quien lo moldea en la madurez y lo conduce (o al menos lo intenta) hacia las posiciones ideológicas más convenientes para quien ejerce el poder. La verdadera fuerza de la prensa en su función “educativa” radica en lo sistemático de su actuación: constantemente difundiendo su información intencionada, repitiéndola hasta el cansancio.
La oratoria es una de las armas fundamentales con el fin de ganar adeptos, con ella se enamora a las masas. Pero, ¿cómo se logra?
“El orador se dejará influenciar siempre por la masa, de modo que, instintivamente, fluyan de sus labios justamente aquellas palabras que él necesita para tocar el alma de sus oyentes. Si ve que no le comprenden, formulará sus conceptos en formas tan primitivas y claras que indudablemente el último de todos ha de entenderle; si se percata de que no son capaces de seguirle, entonces desarrollará sus ideas tan cuidadosa y lentamente que el más supino de entre ellos no quedará en zaga; y si, finalmente, nota que sus oyentes no parecen hallarse convencidos de la veracidad de lo expuesto, optará por repetir lo mismo cuantas veces sea necesario, siempre en forma de nuevos ejemplos, refutando él mismo las objeciones que, sin serle manifestadas, capta él en el seno del auditorio, replicándolas y desmenuzándolas hasta que en definitiva, el último sector de oposición revele, a través de su actitud y de la expresión de los que lo forman, que ha capitulado ante la lógica argumentación del orador.”
El “Capitán” confesó un día uno de sus secretos para embriagar al público:
“A la gente le gusta más cuando los discursos no son escritos, porque, a mi juicio, le interesa ver la lucha del hombre, el esfuerzo del hombre en la elaboración de las ideas. A veces resulta que cuando el público sabe que alguien está enfrascado en un esfuerzo mental grande por elaborar las ideas, que casi adivina y sigue de cerca, prefiere eso a que le lleven un discurso escrito que siempre será más frío. Al público le interesa presenciar el parto de los argumentos y las ideas.”
Otro factor indispensable para la consolidación de la autoridad, después de alcanzada la popularidad, es la conformación del poder, es decir, de la fuerza que permita gobernar; este segundo aspecto es más sólido y estable que el primero.
Para esto Él disolvió a la “tripulación” anterior, trajo consigo a nuevos “marineros” con muchos méritos, pero con una condición fundamental: el de reconocer a su figura como la autoridad máxima.
Reunidas la “popularidad” y la “fuerza”, pueden subsistir un determinado tiempo, y con esto, se crea la “tradición”, que es el tercer factor que consolida la autoridad. Sólo cuando se aúnan los tres factores: “popularidad”, “fuerza” y “tradición”, puede una autoridad considerarse inconmovible.
ero este “Capitán” es un hombre excepcional en sus funciones. Estos tres factores no alcanzan para explicar la solidez de su autoridad en la “embarcación”. Para comprender la verdadera naturaleza de esta es necesario remontarse a los antecedentes.
Antes de la llegada de este líder, el “barco” también zozobraba: la “tripulación” era despiadada con los “pasajeros”, la embarcación era vapuleada por las olas que provocaba el “trasatlántico” vecino (cabe señalar que el nuevo “Capitán” también acercó la nave a otro “buque de gran calado”), la mayoría de los “marinos” eran ignorantes. Y Él cuando llegó les dio esperanzas, y cumplió muchas promesas, y fue hacia un “puerto” seguro; humilde, pero seguro.
La nave floreció, y muchos le querían. Era un gran seductor, hizo suya la máxima de “lo que necesitamos son cientos de miles de fanáticos adeptos, que luchen por nuestra ideología; nuestra obra no ha de realizarse en intrigas, sino en imponentes demostraciones populares, y tampoco valiéndose del puñal, del veneno, de la pistola, sino conquistando en abierta lid el dominio de las calles y las plazas”.
Y así, cada vez el “Capitán” fue más “Capitán”, y el “marinero” más “marinero”. Y a este le decían que el “barco” era suyo, y aunque sabía la ridícula falsedad de tal absurdo, no le importaba, porque al menos tenía un “camarote”. Ellos no olvidaban al “Timonel” anterior, aquel que tanto los maltrató, y los “tripulantes jefes” se encargaban de recordárselo a cada rato, como para que no olvidaran el gran favor que hizo y hacía Él.
Entonces el líder tuvo una “brillante” idea, una idea que había que cumplir como sea: ese “mes” se cogerían “10 mil pescados”. No importaba el tiempo: de día o de noche; no importaba el clima: soleado o lluvioso; no importaba quién “pescara”: el “cartógrafo” o el “limpiador de cubierta”; no importaba, todos “pescaban”: por estímulo o castigo. No importaba si se rompían las “redes” y al otro “mes” no habían para usarlas. Tenía que hacerse; pero más que hacerse, tenía que cumplirse: porque eran una “tripulación” aguerrida, una “tripulación” capaz… o al menos eso les hacían creer.
No obstante el feroz empeño, la meta no logró conseguirse; lo cual fue absolutamente lógico: para cualquier tripulante de capacidad analítica media, era evidente percatarse que las condiciones materiales mínimas para tal acometido no estaban creadas. Tal vez estaba oculto un objetivo secundario, tal vez ni el “Capitán” era consciente que de esta manera se cimentaba aun más su autoridad; de lo contrario fue una jugada maestra en el tablero del poder, pues propuso una tarea aparentemente imposible, para concentrar la atención completa de una “tripulación” hacia el problema en cuestión, presentándolo tal como si de su solución dependiese el ser o el no ser: así se forja un carácter comprometido con el “barco”, y apto para la realización de esfuerzos superiores. También al mantenerlos a todos ocupados, impide el “malgasto de tiempo” que implica pensar en la situación propia del individuo.
Un elemento fundamental para mantener la estabilidad de la “nave”, es mediante una “apropiada educación” a los nuevos “tripulantes”. Se les ha de enseñar la “verdadera historia” del mar, o al menos la más conveniente; se les ha de inculcar los sentimientos de amor al “barco”, hacerles saber que lo correcto es sacrificarse por este; que el “Capitán” es el hombre capaz, hacedor de todas las bondades, y que los grandes errores son provocados por el gran “trasatlántico” y los “marineros indisciplinados”, que casualmente, casi siempre pertenecen a la oficialidad de la “tripulación”.
Una “medida de seguridad” es evitar, en lo posible, las visitas a las otras “naves”. Esta medida es tan absurda, que casi ningún “pasajero” es capaz de comprender su verdadero objetivo. Por eso, con tanto tiempo de retraso, sufrió algunas flexibilizaciones.
Pero se ha de estar continuamente agradecido a la “jefatura de la tripulación”, y así como para no olvidarlo se recuerda a cada momento los logros que alcanza el “barco”. Los continuos aumentos en la pesca, en la higiene y organización, en la disciplina, que cada vez se está más cerca del objetivo: pero esto no es más (en el mejor de los casos) que una hipérbole, que a cada momento se acerca más a su asíntota, así hasta el infinito, pero con la incapacidad matemática para alcanzarla.
“La organización de la autoridad, completamente consolidada, ha de impedir que el conjunto de sus miembros sobrepase un cierto límite, pues de lo contrario estos pierden paulatinamente su fuerza combativa y no son capaces de impulsar con interés y dinamismo la propaganda de una idea, y menos de saber utilizarla convincentemente. Por eso es esencial que en el momento del éxito de la organización, este suspenda la admisión de nuevos miembros, y se amplifique solo a base de sumo cuidado y minucioso examen de los futuros elementos”.
En el “barco” este principio elemental se violó, poniendo en riesgo la autoridad de la “oficialidad” en caso de una eventualidad con el “gran Capitán”; por lo cual la inestabilidad e inseguridad potencial es incalculable.
El “1er Oficial” ya está al mando de la “nave”, y el mar es hoy turbulento: y la “tripulación” impaciente de mejoras, mejoras inconseguibles en las situaciones actuales.
Este carece de un elemento clave para su consolidación como autoridad inconmovible: la “popularidad”: a nadie impresiona con su estrategia discursiva, ni con la solidez de sus argumentos; pero creo que la “fuerza” y “tradición” que posee le permitirán mantenerse imperturbable como autoridad máxima. Pero, ¿y después de él, qué? El tiempo ya se burlará de nosotros.

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2 comentarios en “El Gran Capitán”

  1. QUE LASTIMA QUE NO CONOCES BIEN A LOS CAPITANES, PERO CON ELLOS Y LOS QUE VIENEN SUFICIENTES PARA SEGUIR EN LA PROA.ME ENSEÑARON CAMILO A SER FELIZ, Y NO RICO Y CRECÍ ENTENDIENDO EL VALOR DE LAS COSAS Y NO EN EL PRECIO, Y SI CREO EN LA GENTE.

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