Non, je ne regrette rian


Edith Piaf
Cuando se abren las cortinas, se dispara la expectación en el Olympia. El murmullo del público se mezcla con los acordes de la orquesta y Bruno Coquatrix sostiene una cruz sobre su pecho. Pide por la artista, que es como clamar por la reanimación de sus bolsillos. Hoy, 10 de noviembre de 1960, Edith Giovanna Gassion reaparece en el teatro más concurrido de París.
Mucho se ha comentado sobre el acontecimiento cultural de la semana, tal vez del mes, algunos auguran que del año; pero, a ciencia cierta, no se puede predecir el final de los sucesos. Quizás sea un nuevo fiasco, otro chispazo apagado en el mar de los naufragios…
Nadie –absolutamente nadie- pronostica cuánto durará la pompa de ilusión. Quizás ni la misma cantante se atreve a lanzarse al ruedo. La única certeza es que, esta misma noche, la diva de la canción francesa regresará a los suyos tras un año dolorosamente aciago, razón suficiente para estremecer hasta las catacumbas culturales de la urbe…
En los doce meses precedentes, Edith recorre los escenarios de Estados Unidos. En más de una ocasión se desploma en pleno concierto sin poder completar las funciones. Vergüenza y hospital. Alcohol y sexo. Los críticos, hombrecillos de papel y tinta, califican cínicamente la travesía como “la gira suicida”.
En ese mismo tiempo, a Piaf le diagnostican cáncer y se le quiebra la vida. Tiene 44 años y una voz maltrecha, y un sinfín de desgarros en el alma que aún le faltan por cantar; pero “El Pequeño Gorrión” vuelve a gemir como cuando polluela: exprime la garganta para sacar, apenas, un hilo de voz; el torrente incontenible de ayer se ha vuelto ahora un cauce seco y pálido.
Los contratistas la abandonan. Se va a la orilla del mar a contemplar sola los atardeceres. Ya no trina. Dicen que cuando empezó a morir dejó de cantar. Yo, que he conversado con ella a través de sus canciones, sospecho que fue a la inversa.
Parece imposible, es cierto, solo viable en una fantasía paroxística, pero la madame anunció que esta noche, en el Olympia, volverá a tocar las estrellas con las manos. Y cuando una diosa anuncia su resurrección, solo queda aguardar por el milagro…
Quizás sea cierto que el romanticismo tenga mucho de decadencia, pero la decadencia también tiene algo de romanticismo; solo así se explica la confianza en la promesa de la artista, por más quimérica que resultase. Será, acaso, porque el amor desborda cualquier margen impuesto a fuerza de razón, por lo que esta noche los presentes no vienen a ver actuar a la mítica intérprete de La vie en rose, sino a un ícono acallar el propio réquiem de su ocaso…
Por fin, tras la prolongada espera, se abren las cortinas. El público bulle en aplausos y los recibe el silencio. La nada se adueña del escenario. Luego, a contra luz, una figurita de 1, 47 de estatura se aproxima al micrófono. El paso lento: parece frenado por las ráfagas de aclamaciones y lágrimas que le vienen de frente.
Apenas se mantiene sobre las tablas más de veinte minutos. Hoy es 10 de noviembre de 1960: una mujer, previamente monumental, sobrepasa el umbral de la leyenda para posarse en la inmortalidad. Con 44 años y un cáncer estrujándole las fuerzas estrena la canción de su vida.
La voz no es, ni por asomo, la misma de antes, pero causa un efecto abrumador: canta con el alma. Posee motivos para hacerlo. Son los dos minutos veinte segundos más intensos de su existencia, y también de la de todos quienes vinieron esta noche a verla.
Mientras el público delira en aplausos, Bruno Coquatrix, el dueño del Olympia, sonríe al sacudirse los bolsillos repletos. Edith morirá tres años después; su fortuna: la admiración de todos quienes han amado su música. Parece que en el arte, como en la vida, el sufrimiento es el único camino auténtico hacia la consagración.

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