El nombre del miedo


El nombre de la Rosa Poster

Olvidar. El hombre no sabe olvidar. Si veinte años no es nada, doscientos años tampoco, ni dos mil… Claro, el tiempo es colosal ante el individuo aislado, ante el “aldeano solitario” del mundo, a quien veinte años le significa una fracción irrenunciable de la vida -en muchos casos la vida entera-, a quien dos siglos lo sepultarían en el anonimato total –salvo que en vida lograra méritos relevantes y fuera recordado por sus paisanos-, a quien dos mil años…no sé –es que un “aldeano solitario”, empequeñecido ante el tiempo implacable, no concibe, ni tan siquiera, valorar semejante magnitud.
El tiempo destruye la memoria individual, mas perpetúa y eleva la memoria colectiva; aniquila al hombre común, pero inmortaliza al ser extraordinario; desvirtúa las razones circunstanciales, pero legitima las verdades naturales, y al legitimarlas para siempre, las convierte (aparentemente) en verdades eternas, eternas e incuestionables, incuestionables y dogmáticas.
El hombre no sabe olvidar. Y donde se hizo mucho mal, se habrá de hacer mucho bien; y donde un día dominó un poder espiritual absoluto y despótico, basado en el miedo como base de su sostén, se necesitaría mucho tiempo para borrar por completo las cicatrices espirituales de las personas. Pero el hombre no sabe olvidar, por lo que las marcas son eternas.
El miedo flamea, se desliza de una generación a otra, de boca en boca, de padre a hijo, de mente en mente, de cultura a cultura. El miedo se expande como el fuego en una inmensa llanura: indetenible, insofocable. Mas, a pesar de su poderío -como toda bestia- no goza de autonomía: el miedo necesita de algo (o alguien) que lo infunda, y también de alguien que lo acoja. La Edad Media era una inmensa llanura, la Inquisición el fuego más voraz.
La película El nombre de la Rosa -basada en la novela homónima del intelectual italiano Umberto Eco- regala un retrato vívido y realista del Medio Evo y sus contradicciones, así como de la cosmovisión de la época y sus cuestionamientos filosóficos. A lo largo de la cinta se exponen las características predominantes del escenario social en que se desarrolla la historia (una abadía del norte de Italia, en el año 1327).
Desde casi el mismo comienzo, a la llegada de los protagonistas al lugar, se hace perenne el enclaustramiento característico de la Edad Media: el joven Adso (discípulo del avezado monje franciscano Guillermo) siente un inmenso desasosiego al penetrar aquellos muros del monasterio -según sus propias palabras- y se siente sobrecogido por la inhóspita atmósfera del lugar; atmósfera de intrigas, de fabulaciones y secretos.
Es que en secretos se basa la solidez del sistema, y el miedo es la herramienta para salvar el secreto. Pero, ¿qué secreto?, ¿cuál es la causa de que amenace –e incluso intimide- a los poderosos e “intocables” miembros del alto clero, y hasta al mismísimo Sumo Pontífice? Sin dudas, puede advertirse la presencia de una cuestión determinante en la estabilidad del poder, y en la reproducción del orden social imperante.
En una sociedad marcadamente estratificada en clases -como la feudal- en la que un reducidísimo grupo de personas someten a una escandalosa masa desposeída y miserable, es necesario –para la estabilidad- la existencia de métodos de dominación altamente eficaces, más allá de la propia sofocación de conductas rebeldes; es decir, de mecanismos que, inclusive, prevengan este tipo de actitudes. En términos gramscianos, la hegemonía debe establecerse sobre la base equilibrada de la coacción y el convencimiento; en la Edad Media, la coacción física estaba en manos de los señores feudales y sus ejércitos, del convencimiento espiritual se encargaba la Iglesia. Napoleón Bonaparte –el gran conquistador francés- se hubiera sentido orgulloso, pues estas concepciones encarnaban las ideas de poder que él predicaba, en sus propias palabras: “dominar a las masas con un puño de acero, pero dentro de un guante de terciopelo”; tal vez para consumar su genialidad política se apoyó en esas experiencias medievales.
¿De qué métodos se valía la Iglesia para ejercer su “guía espiritual” a las masas? ¿De qué se aprovechaba para su eficiente control? ¿Qué podría alterar esa relación de subordinación entre el clero dominante y los campesinos sumisos?
Sería errado desconocer la necesidad de una guía en la vida de la sociedad, sería errado desconocer la propia existencia de una vida espiritual en los individuos, y de su necesidad de explicarse cosas a las que no le hallan respuesta; incluso, sería impropio reprocharles el hecho de que se aferren a las religiones como medio de existencia, como entidad que les explique el mundo en que viven. No es cuestión de censurar a un campesino medieval que observe pasivamente como queman a sus semejantes en las hogueras inquisitoriales; ni de acusarlo por denunciar a otro, aun a sabiendas de que es inocente; ni tan siquiera, de criticarle por no cuestionarse si lo que ocurre a su alrededor es correcto o incorrecto; no se trata de nada de eso, se trata, simplemente, de comprender su conducta.
En la película El Nombre de la Rosa, una de las escenas es la entrega del diezmo de los campesinos a la abadía. Los bendicen y les aseguran: “para lo que des en tierra, lo obtengas en el paraíso”. Varias secuencias después los mismos campesinos recogen para comer los desechos que del monasterio ruedan colina abajo. ¿Qué provoca que alguien regale lo poco que tiene para comer, sabiendo que después no tendrá nada? ¿Solo el miedo a los posibles castigos si falta? ¿O, tal vez, sea el convencimiento de que en un futuro recogerá los beneficios en otra vida, en otro mundo, en el paraíso?
No puede ser de otra manera. El hombre se ve empequeñecido ante el tamaño de Dios, y de sus representantes en la Tierra, ante su obra y su poderío. Las inmensas catedrales que resaltan por sobre todas las ciudades; y en el caso del filme, la abadía y su torre de piedra que supera a todas las chozas hacinadas de los campesinos. Esa era la diferencia que quería marcar el clero, era una política. En un diálogo de la cinta el representante papal lo enuncia:”Todo monumento a nuestro señor es solo un pálido reflejo de su infinita majestuosidad” ¿Qué pude hacer un hombre común de la época más que resignarse? ¿Cómo puede producirse un cambio de actitud hacia su pequeñez, cómo elevarse hasta la altura misma de Dios?
Sin dudas, cuestionándose la doctrina dominante y dogmática que lo rodea, el hombre necesita colocarse en el centro del pensamiento, necesita que el humanismo y la razón desplacen a Dios y a la Fe; pero para ello no se basta por sí mismo –mucho menos si es (como casi todos los laicos de la época) analfabeto-; no le basta, ni tan siquiera, su propio tiempo, porque en él no encontrará más que las mismas ideas absolutistas y dominantes de la Iglesia y sus dogmas, el hombre necesita algo que no puede hallar en sus contemporáneos, infectados igual que él en la rigidez de la Fe y la sinrazón; el hombre busca a los humanistas racionales, pero solo pude acceder a ellos de manera indirecta, porque ya no viven más que a través de sus textos ocultos en lo más recóndito y oscuro de las bibliotecas de los monasterios, los que -evidentemente- negarán el acceso a los manuscritos que cuestionen las verdades establecidas. Se produce, de inmediato, una contradicción insalvable entre el sistema social imperante y un maltrecho –y estrecho- sistema comunicativo.
Los sistemas comunicativos se erigen –como bien apunta el modelo comunicacional del teórico español Manuel Martín Serrano- en torno al sistema social. Si una información o idea atenta contra el orden social, entonces será restringida (o aniquilada) en el orden comunicativo. Por eso los pergaminos que contenían las obras de los filósofos griegos que abogaban por la razón como argumento de comprensión del mundo, permanecían ocultos e inaccesibles.
En la película, el personaje de Guillermo –por supuesto, detrás de él se encuentra la voz del propio Umberto Eco- enuncia que ese acceso era negado porque los textos a menudo contenían juicios diferentes a la doctrina, e ideas que podrían llevar a dudar de la infalibilidad de la palabra de Dios. Y la duda –afirma concluyentemente- es enemiga de la Fe.
Este escenario es reproducido fielmente en la cinta, donde se recrea –mediante una construcción artística y dramatúrgica- lo restringido del acceso a la biblioteca. En el monasterio, plagado de monjes fieles a la doctrina, solo tenían libertad de tomar los libros prohibidos el bibliotecario y su ayudante; aunque bien pudiera afirmarse, que más que la posibilidad de acceder a ellos, su potestad consistía en ocultarlos y negarlos.
Un factor que atentaba contra las ansias de omnipotencia comunicativa de la Iglesia está relacionado con un adelanto tecnológico –más que con un adelanto, podría decirse que con la llegada de algo que ya existía desde hacía mucho tiempo- pues la irrupción del papel (este llegó a Italia en el s.XIII) permitió la reproducción de los textos con mayor facilidad. Como parte de una organización en la rutina productiva -para lograr mayor eficiencia- se crean en los monasterios los scriptorium, que permitía la posibilidad de transcribir mayores volúmenes de libros.
Pero la función social de esta estructura -la abadía (que representa a la Iglesia)- no es difundir los conocimientos, sino –en boca de uno de los personajes del filme- la preservación del saber, no la investigación; porque “no existe el progreso en la historia del saber, sino solo una continua y sublime recapitulación”.
El conocimiento libera –no en vano el Apóstol cubano José Martí afirmó que ser cultos es el único modo de ser libres- por eso en uno de los textos que legitima la Fe y al que la película refiere, asegura tácitamente que “en mucha sabiduría hay mucha pena; y el que aumente su sabiduría, también aumentará su pena”. Esa es la política, ese es el convencimiento al que apelan para legitimar su hegemonía, al miedo al conocimiento; porque “sin miedo no puede haber Fe, porque sin miedo al diablo, ya no hay necesidad de Dios”.
El hombre, a pesar de los siglos, no sabe olvidar su miedo.

Anuncios

Un pensamiento en “El nombre del miedo”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s