Palabras a una mujer que huye


Mujer

Estoy aquí, sentado frente a un muro de rocas mohosas que trato de escalar. Yo no temo, como tantos, subir a medias y otra vez caerme, y romperme la espalda con el polvo; yo solo quiero, con mis “alas cortas”, alcanzar tus “nubes altas” y desatarme del poema villeneano que me apresa.
Sí, mujer, yo sé que ya no tenemos tiempo para estas cosas; que la inflexible premura de los días nos obliga a la eficiencia laboral, a la eficiencia doméstica, a la eficiencia sensitiva… ¿Qué harías tú conmigo, qué resultado pragmático obtendrías de un niño como yo, que solo sabe escribir, besar y soñar?; y yo de ti, ¿qué obtendría más allá de narcotizarme con la belleza de tu cuerpo o el placer de tus palabras? Hay preguntas que, lamentablemente, tienen pocas posibilidades de obtener respuestas…
Estoy aquí, sentado frente al muro de rocas mohosas que trato de escalar. Yo no temo caerme. Me levanto con cierto desperezamiento de panteras y doy un par de pasos derredor. Me ajusto las botas y tomo un sorbo de palabras.
Mujer, y yo que intento, quizás vanamente, buscar un soplo de originalidad en todo esto, me doy cuenta de lo inútil de mi empeño; y calculo la cantidad de veces que este texto habrá pasado por tus manos y tus ojos, solo que quizás maquillado con otras frases y otros matices, a lo mejor más aduladores y susurrando a tus oídos esas promesas de placer con las que forjaste tus instintos.
Busco entre las rocas una rama que parezca lo suficientemente firme. Encuentro unos versos y me aferro a ellos. Subo un pie y otro pie y no miro hacia abajo; no porque me cause vértigos, sino para no desesperanzarme ante el corto trayecto recorrido…
No sé qué pensaras ahora que me lees. La verdad tampoco quiero: temo perderme en la vasta imaginación de una mujer. Si por casualidad entras y se enciende su cabeza, entonces ya no tendrás salvación, solo te quedará consumirte hasta que cese el fuego y si, aún después tienes fuerzas para andar, tratar de descender por su frente, agarrarle la mejilla, besarle los labios, y huir…
La escalada comienza a inducirme una tenue fatiga. Me siento otra vez y respiro. Te huelo. Tengo un par de ampollas en los pies, pero no las siento. Solo pienso en pararme y seguir la marcha. Más arriba en el camino, por entre las nubes traslúcidas, alcanzo a percibir, quizás entreabiertos y húmedos, tus labios ansiosos esperando por los míos.

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6 comentarios en “Palabras a una mujer que huye”

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