Desaire de mujer


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Me levanté y marché. Luego de la larga conversación no quería estar allí ni un momento más: el susurro de la negación todavía zumbaba en mis oídos. De abrupto la ilusión se volvió un aire irrespirable y áspero. Ya no tenía nada que decir, pero bajo la expresión amable lo callaba todo. Las palabras que bullían en mi garganta se evaporaban en la dentadura y me quemaban la frente. No había nada más por hacer, por eso simplemente me levanté y marché.
Esa noche no podía quedarme en casa. Un espacio cerrado no contendría mi ánimo. Me desparramaría por la cama, escucharía la música deprimente que se oye en estos casos o leería la poesía de Julián del Casal. No me permitiría nada de esto, por lo que dejé que los amigos me arrastraran a una fiesta.
Diciembre es un mes particular. Yo diría que lo más significativo son sus falsas apariencias. Los adornos navideños ocultan grietas en las paredes de los establecimientos, las vidrieras repletas encubren el vacío espiritual de sus dueños; la falsa alegría de las calles se convierte en el narcótico de la última semana del año. En diciembre, casi siempre lo que parece no es.
La noche sería fría, por lo que tomé el abrigo más grueso del armario y me dirigí al encuentro con los amigos. Hacía minutos me esperaban. En lo que llegaban los otros se inició una conversación, pero todavía yo no tenía nada que decir: desde el mediodía los oídos no dejaban de zumbarme… Entonces me notaron cierto distanciamiento, pero me justifiqué con una excusa barata. Cuando todo estuvo listo nos fuimos enseguida.
Por fin entramos al lugar, un centro nocturno habitualmente concurrido. Dentro era otro planeta y el calor obligó a quitarme el abrigo: por si fuera poco cargar con mi ánimo, ahora se me sumaba un bulto.
En ese momento sentía que me agitaba, por dentro y por fuera. Yo no bailo, pero entonces un ritmo me impulsaba a moverme. Me agazapé en la semioscuridad palpitante de las luces estereoscópicas, que deforman la percepción del movimiento, para esconderme de todos. No hablé ni busqué compañía.
Fui a la barra y pedí una cerveza, algo ligero: no es bueno emborracharse con alcohol cuando ya se está borracho de tristeza. Me acordé del mediodía, de la larga plática y de su negación; me acordé de su cara, tal vez más apenada que la mía. Sentí entonces en mi mano la etiqueta húmeda de la botella; la desprendí con la misma delicadeza que le abría quitado la ropa, acaricié el cristal… Ya no tenía sentido permanecer allí.
Afuera, la madrugada más fría que nunca. Al aspirar me dolía la nariz. Mantuve las manos en los bolsillos y me hundí en el abrigo que recién renegaba. Pocas veces he añorado tanto el calor tropical como entonces. El cuello del jacket me cubría la nuca, pero las ráfagas se colaban por la rendija que dejaban mi pecho y la prenda. Dejé a los amigos y decidí marcharme solo. Necesitaba caminar y congelar los pensamientos. El clima me ayudaría en el empeño.
El silencio era como un bálsamo sobre la frente. La tranquilidad de la calle solo se alteraba con el paso esporádico de algún automóvil, o con la festividad de alguna casa de barrio despierta todavía. La madrugada me regalaba la paz que el mediodía me robó. Ya los oídos no me zumbaban, pero empezaba a acompañarme la retórica de las lecciones aprendidas. “Nunca quieras a una periodista”, me dije, “tan fácil endulzan las palabras…”
No sé cuánto tiempo caminé, ni qué distancia, pero ya deseaba llegar a acostarme. En sus casas, los trabajadores empezaban a levantarse y pronto volvería el ruido y el abejear de la mañana. Me dispuse tomar un ómnibus que a esa hora viajan vacíos.
El conductor sintonizó una estación de canciones nostálgicas que me recordó la música deprimente que se escucha en estos casos y la poesía de Julián del Casal. Me senté. El cristal de la ventanilla estaba empañado y decidí limpiarlo. Del otro lado una figura humanoide imitaba mis movimientos; se veía cansada y melancólica. Se acabó la canción y la locutora balbuceó algunas palabras. Fue entonces cuando me quedé petrificado: la voz que salía de la radio me era familiar.

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