Nicolás contra Guillén: el poeta vs el funcionario en El Gran Zoo


Gillén

El lector, al beber un cuaderno de versos, dilucida dónde se deslinda lo artificioso de lo natural. El curioso disecciona cada línea, la vira al reverso, trata de acariciar las costuras que entretejen una estrofa con otra; y en ese andar y desandar, en ese ver y rever, es donde el escudriño revela cuándo las palabras le salieron al autor por los poros, y cuándo el autor se las exprimió de la garganta. El poemario El Gran Zoo (Nicolás Guillén, 1967), se ubica en uno de esos puntos intermedios entre la inspiración netamente sensitiva y la lírica racionalizada.
Cuando parecía que el Poeta Nacional agotaba su universo creativo, cuando se avizoraba la asfixia de sus versos entre los rezagos negristas y la pujante literatura política, irrumpió en el escenario cultural cubano El Gran Zoo, un poemario fresco, lúdico, con los bríos juveniles de una poesía salvaje, crespa, conversacional.
Desde el propio “exergo” que inicia el libro, fragmento de una carta de José Antonio Saco a Gonzalo Alfonso (París, 13 de octubre de 1859), se sienta el tono que no se perderá nunca a lo largo de los 39 poemas siguientes: “Historia Natural. La Sagra. Animal anfibio y presupuestíviro. Tiene el cuerpo en Europa, y la boca en las cajas de Ultramar, animal muy raro, pero se halla un ejemplar en las Cortes españolas.”
El preámbulo apunta, además de la forma literaria que se propone el poeta, los temas y el carácter social que emanarán de su contenido.
En El Gran Zoo, Guillén ofrece un paseo por un universo íntimo pero colectivo, onírico pero terrenal, de las diversas facetas de la vida humana. Los poemas representan una especie de “cartel” frente a las “jaulas” en las que el autor encierra sus creaciones fantásticas. De ahí, en gran medida, la coherencia entre la idea del cuaderno con el lenguaje escueto, sencillo, por momentos capsular, de la obra. El primer título, Aviso, es revelador de estas intenciones:
“Por un acuerdo del Ayuntamiento/ fue creado este gran zoo/
para nativos y extranjeros/ y orgullo de nuestra nación.
Entre los ejemplares de más mérito/ están los animales de agua y viento
(como en el caso del ciclón),/ también un aconcagua verdadero,/
una guitarra adolescente,/ nubes vivas,/
un mono catedrático y otro cotiledón.
¡Patria o muerte!
EL DIRECTOR”
Más allá de la sátira que se percibe entre líneas, Guillén nos adentra en un mundo lírico refrescante, cómodo para el lector, de valores estéticos; pero también, el compromiso con su época y la particular posición dentro del sistema social del autor, marcan su creación artística, lo que se evidencia evidentemente en este poemario. En Aviso, por ejemplo, los primeros versos nos conducen por una vertiente más “noble”, “desideologizada”, “universal” de lo poético, pero ya al final con la frase “¡Patria o Muerte!” nos sitúa en el contexto de su nacimiento: la Cuba revolucionaria de los años 60.
La firma también es elocuente: EL DIRECTOR (todo en mayúsculas) nos habla de algo que el autor no dice, pero quiere que nos imaginemos: El Gran Zoo es también una crítica velada a ciertas tendencias que se desataban dentro del proceso social, y del cual Guillén constituía una importante parte —“cabeza cultural”, lo han llamado algunos—, que lo comprometía severamente con los hombres y sucesos de su época.
Sin dudas, esta posición del camagüeyano restringía su libertad creativa de manera notable —no en la “forma”, sino en el “contenido”, como se había aclarado respecto al tema desde aquellas Palabras a los Intelectuales de 1961—, lo cual debe haber generado una gran contradicción en el espíritu del artista. Si bien es cierto que Guillén era un extraordinario poeta, también lo es que desde su puesto de Presidente de la Uneac (1961-1986) era también un funcionario político. A veces, ambas naturalezas entraron en marcada fricción. ¿Cómo se manifestó esta dualidad en la creación literaria guilleneana?, ¿cómo resolvió estas contradicciones de “corazón” y “cabeza”, de “espíritu” y “razón”? El Gran Zoo es un buen ejemplo de las salidas airosas que encontró para “cumplir(se)” con ambas funciones.
En su momento, la irrupción de este poemario creó polémica en el ámbito cultural. Los detractores censuraban la ruptura con la tradición popular y social de la poesía de Guillén. El autor se defendió en el prólogo de su libro: “Tal vez se piense que el salto es un poco arriesgado, pero no mortal… Del bongó a la pajarita de papel—dirán algunos. Del cañaveral a la nube. De Vietnam al cangrejo. Y el gángster —diré a mi vez. Y Mr. Lynch —volveré a decir. Y la bomba atómica —diré todavía” . Aunque el poeta reivindicó su libertad creativa, es evidente, por la necesidad de defenderse así en el preámbulo de la publicación, la presión que el ambiente ejercía sobre su producción artística. No obstante, en este caso, elude tales “responsabilidades” con una delicadeza magistral.
Desde la propia “bestia” seleccionada, hasta en la “definición” que ofrece para ella, se observa la amalgama dialéctica con que Guillén afronta sus naturalezas de “artista” y “comisario político”. Así, desfilan frente a nuestros ojos El Caribe, “animal marítimo y enigmático” que “muerde”; el Gángster, que junto al Brownig, la heroína, el Camel, solo “habla inglés”; el KKK, cuadrúpedo carnicero que “aúlla largamente en la noche sin su dieta habitual de negro asado”; Los usureros, “monstruos ornitomorfos” que “cuentan y recuentan sus plumas y se las prestan a interés” en su jaula. El tratamiento a las “lacras” es la crítica que el Presidente de la Uneac hace a la sociedad pretérita, pero en El Gran Zoo, el poeta virtuoso también ofrece una variante lírica de altos quilates a temas más “inofensivos”.
Por eso leemos con gran placer, y hasta con cierto extrañamiento, la Guitarra, “pálida, fina, esbelta, ojos de inagotable mulata, cintura de esbelta madera”; Los ríos, “jaulas de culebras” que los niños alimentan con “verdes islotes vivos, selvas pintadas de papagayos” y “canoas tripuladas”; El Tigre, impaciente entre rejas, que puede ser “un gángster, el instinto sexual, un boxeador” o “un furioso de celos”; o Papaya, fruta que afirma el autor “no es cierto que conozca el pecado original”, que esa mirada solo emana de “sucia literatura que han padecido por igual la calabaza y la sandía”.
En ambos tipos de poemas, aunque traten de temas de naturalezas distintas, —bien demarcadas con frecuencia— se aprecia una amalgama de formas y contenidos que remiten la una a la otra. Aunque diversos, Guillén es solo uno: el Presidente de la Uneac —y los lastres artísticos que esto le conllevó a su obra—, dialoga diáfanamente con el poeta virtuoso que siempre fue, aunque a veces haya hecho concesiones en favor del cargo público.
En el caso de El Gran Zoo, las composiciones más perdurables han sido las que —sin eludirlo— han tratado el tema social de manera indirecta. La sed, “esponja de agua dulce” que “absorbe un aguacero” y “estrangula con una cinta colorada”; El hambre, “animal todo colmillo” que “no se contenta con un almuerzo o una comida”; La estrella Polar, que “se descongela sin remedio” por lo que “dentro de cuatro siglos, a lo sumo, los navegantes tendrán que andar a tientas por el mar”; y Reloj, “quiróptero de paciencia extraordinaria no exenta de crueldad, sobre todo con los ajedrecistas y los novios”, que es “cordial a las 3 menos cuarto tanto como a las 9 y 15, los únicos momentos en que estaría dispuesto a darnos un abrazo”.
Tal vez lo más llamativo de este poemario, independientemente de lo que ya se ha mencionado, sean las críticas veladas, siempre mesuradas, a ciertas deformaciones de la autoridad dentro del proceso revolucionario de los años 60 en Cuba. Esta postura se evidencia más claramente en composiciones como Los oradores y El sueño.
“Señoras y señores/ ¡Camaradas!/ Amados hijos míos/
Señor presidente, señores diputados/ Respetable público/ ¡Compañeros!/
Me siento emocionado/ Es esta la primera vez/
Esta noche no debéis esperar de mi un discurso/
Permitidme que/ No sé cómo yo oso/
Los familiares del difunto me”
En esta apretada síntesis, el poeta se mofa de la moda imperante, del hábito creciente en la época de improvisar un discurso para cada ocasión, como símbolo de poder y de posición dentro de una sociedad que cada vez privilegiaba más ese comportamiento. Luego de esos comienzos, prosigue el poema, “cuando al fin enronquecen, hacen gárgaras con las palabras que les sobran (muy pocas) y recomienzan la función.”
Pero no todo es ironía ácida en El Gran Zoo, también hay espacio para una construcción de sentidos más compleja. Tal es el caso de El sueño:
“Esta mariposa nocturna/ planea sobre nuestra cabeza
como el buitre sobre la carroña.
(El ejemplar/ que aquí exhibimos es el sueño vulgar.)

Sin embargo,/ la Dirección promete para fines de año,
o más pronto, tal vez,/ remesas escogidas de sueños
así en hombre como en mujer.

Cinco cajas de moscas tse-tsé
fueron pedidas anteayer.”
En estas estrofas, ¿qué simboliza “el sueño”? Como se anuncia desde los primeros versos, es un ente que habita “por encima de nuestra cabeza”, pero si es “sobre” —muy cerca—, es “vulgar”. La cabeza entendida como el pensamiento; el pensamiento corto de miras (el sueño buitre) hace de nuestra cabeza, que es decir de nuestro pensamiento, “carroña”. Hasta aquí, se puede leer entre líneas cierta aspiración, enunciada entre penumbras, de la búsqueda de nuevas ideas, de “volar uno mismo”, de buscar la propia verdad, no de quedarse solamente con una fracción (“sueño”) que en ese momento ofrece “La Dirección”.
Este punto se ilustra más claramente en la segunda estrofa: “la dirección promete remesas escogidas de sueños”. Subrayo el adjetivo que complementa a remesas: “la dirección” (el poder) siempre elegirá por ti los “sueños” (ideas) a consumir. Y además, como es para “fines de año, o más pronto, tal vez”, es decir, con premura, nos hace creer que estamos en la obligación de agradecerle a la autoridad lo que hace, y más aún, debemos sentirnos en deuda por tan “desinteresada” ocupación. El cierre, ironía magistral, pone en relieve la verdadera naturaleza de estos actos: a la altura de “un pedido de moscas tse-tsé”.
El cuaderno de versos El Gran Zoo, como se ha intentado demostrar en este artículo, posee la relevancia de constituir una ruptura en la poesía de Guillén. Del contagioso ritmo del son, el autor se muestra con una cadencia más diáfana, conversacional, perdurable más allá del casi medio siglo en que fue escrita. También es notoria la pugna de sentidos dentro de las composiciones del poemario: se aprecian tres dimensiones del autor, tres voces intentando alzarse, no una contra otra, sino en una única expresión más fuerte y dinámica: la del virtuoso poeta, la del funcionario político presidente de una institución gubernamental, y la del hombre contrariado ante las deformaciones pujantes de una autoridad de la que él formaba parte. El equilibrio entre las tres, trajo aparejado un “empate técnico” entre las vertientes; equilibrio que, según demostró la historia, le fue imposible alcanzar al Poeta Nacional en sus obras posteriores.

 

 

 

 

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