Nelya de la Daza


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Esta historia ocurrió hace mucho tiempo, cuando apenas yo era un estudiante universitario que se creía poeta. Entonces, aún me quedaba algo de pelo en la cabeza y estaba convencido que salvaría al periodismo cubano del charco de oprobio donde pululaba. Eso fue hasta que la práctica me demostró la rentabilidad de fotografiar desnudos para los norteamericanos que empezaron a venir a la isla.

En aquella época, yo solía ser muy romántico, y no en el sentido vulgar de las baladitas de moda, sino en el hecho concreto de doblegar la razón ante el sentimiento. Fue en aquella época cuando conocí a Nelya de la Daza, la última “diosa coronada” de una adolescencia tardía.

Ella era una guajirita de Santa Isabel, un pueblo donde las calles semejan las líneas de las manos que leen las gitanas. A sus 20 años, tenía un cuerpo flacucho y un pelo negro que le corría por la espalda como la cola de un caballo purasangre. Vivaz y distraída simultáneamente, miraba con la nobleza silvestre de su temperamento.

Nunca supe cómo fue, y tampoco pude explicarme qué pasó, pero la carrera sentimental que comencé como un sprint terminó como una maratón olímpica. El enigma habría de respondérmelo tiempo después, cuando ya trabajaba en las secciones fotográficas con muchachas del interior.

A aquellas modelitos, recuerdo, aún les quedaba un dejo de pudor antes de quitarse las ropas frente el lente. Quizás, en el instante antes de zafarse los botones de la blusa, sentían la presencia puritana de la madre protestante, o el peso rígido del brazo del padre borracho y machista que las expulsó de la casa por pasarse de atrevidas con el novio del pueblo. Para hacerles el trabajo más fácil, yo les ponía ciertos valses de Strauss —en especial Sangre Vienesa y El Danubio Azul— junto con las copitas de un vino dulce que tenía los mismos “efectos mágicos” del Fortín de antaño. En esos momentos me sentía con la misma purificadora corrupción de mis tiempos mozos…

Nelya de la Daza, en la etapa cuando nos hicimos cómplices de afectos peligrosos, se volvió la primera y única lectora de mis raídos poemuchos. Aquellas estrofas mal hiladas se volvieron la punta de lanza del  acecho. Con frecuencia, le entregaba algunas páginas —siempre con la excusa de la escases de tiempo— para que las imprimiera y me las trajera al otro día.

Por la noche, ella subía las escaleras hasta el piso 20 de su edificio. En el apartamento del centro, un emprendedor de la época había montado su negocio de impresoras: decenas de estudiantes pasaban cada día por aquella sala con olor a tinta húmeda. Apenas tomaba en sus manos las hojas tibias, la mujer devoraba las letras sentada en la penumbra de cualquier escalón. Confieso que me habría gustado evitar las cursilerías de entonces, en especial aquella reminiscencia de los versos de Buesa (Espero quede claro que me refiero a José Ángel, aunque ciertas composiciones mías tenían más sabor a su hermano Fran).

El secreto de cuándo se quebró mi romanticismo ñoño por Nelya de la Daza ocurrió mientras retrataba a Rosa Rodríguez del Río, la mujer más libertina y sensual que he conocido en mi vida. A mí siempre me gusta conversar con las modelos, porque responden a las provocaciones con la franqueza inevitable de la expresión corporal. Ese rasgo le otorga a mi obra un sello distintivo, aunque los turistas más libidinosos no alcanzan a percibirlo a plenitud.

Con Rosa Rodríguez establecí una profunda relación profesional y amistosa, sostenida por mi ternura cansada y tolerada por su cansancio enternecido. Ella me ofreció muchos consejos, y fue capaz de percatarse que mi galantería romántica con  Nelya de la Daza se esfumó en un instante preciso: el día cuando le deleité en el cine el hilo dental blanco que le sobresalía por sobre el pitusa azul. Esa tarde ambos nos fuimos a casa convencidos definitivamente de que el hombre, antes de ser poeta, es siempre un hombre.

Un buen día, la guajirita de Santa Isabel dejó de subir corriendo las escaleras hasta el piso 20 de su edificio. Ya el joven emprendedor no la miró más con la desconfiada expresión que se le tiene a las personas que imprimen poesía a esas horas de la noche. Luego vinieron  tantos tragos amargos que ya no puedo recordar lo sucedido. Dice Walter Benjamin que el carácter destructivo borra las huellas de su propia destrucción. Con él también se fueron a bolina todos mis poemas de la época, incluidos los que nunca llegué a pasar en limpio y fenecieron al final de mis destartaladas libretas de clases.

A pesar de aquel sisma inicial, aún hubo un breve lapsus donde Nelya de la Daza y yo semejábamos una cercanía de infinitos. Más bien, parecíamos como el cielo y el mar, que aparentan que se juntan sin tocarse jamás. Después, la soberbia orgullosa supo ser un infranqueable horizonte.

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