Emplazando a la UJC en su X Congreso


Congreso

En el próximo agosto acontecerá el X Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). El perpetuo calor estival se sofocará con el aire acondicionado del Palacio de las Convenciones (que seguramente acogerá el evento), la sed se calmará con el refrigerio que los organizadores ofrecerán oportunamente, probablemente asista algún alto dirigente del país para reafirmar su “confianza” en las “nuevas generaciones”, el grueso de Buró Nacional será ratificado en su cargo, se leerá algún comunicado donde se reconozcan “pequeñas deficiencias en camino de ser superadas”, y se reafirmará el “inquebrantable compromiso” de “la juventud cubana” con “la Revolución, el Partido (PCC), Fidel y Raúl”. Luego de los aplausos y ovaciones, caerá el telón y todo permanecerá en la inercia de siempre.

Con el adiós al Congreso, volverá a quebrarse otro espejo donde la organización no se quiso mirar. Quien no sea capaz de asumir su reflejo, no podrá emprender la ruta hacia el perfeccionamiento; y mucho menos guiará a nadie en el perpetuo camino de la transformación.

Hasta ahora, el debate del X Congreso ha transcurrido por los caminos trillados propuestos y tolerados por la dirección de la organización y la sociedad política cubana. La conclusión la obtengo tras padecer durante meses la propaganda ofrecida sobre el tema por el periódico Juventud Rebelde (JR), órgano oficial de la UJC.

Aunque los periodistas se han esforzado por presentar los trabajos de la manera más amena posible —lo que revela una clara intención editorial—, se percibe que a nivel de discurso solo se han reproducido los unos a los otros. No se le pueden pedir peras al olmo, ni que los profesionales de la prensa le impriman al diálogo un vigor y una riqueza del cual carecen.

Tal vez me equivoque, y las asambleas reales hayan contado con una extraordinaria gama de matices y propuestas verdaderamente cuestionadoras y agudas; pero que, al no ser contempladas como válidas por las líneas hegemónicas de la UJC, simplemente fueron marginadas de la publicación. No quisiera aventurarme en esta hipótesis, porque me obligaría a incurrir en el tan llevado y traído —y aún neblinoso tema— de la relación de la prensa con el poder en Cuba.

Por tales motivos, como nuevamente los medios tradicionales operan de manera mecánica sobre la opinión pública nacional, me atrevo a ofrecer una mirada divergente y silenciada sobre el tema.

El cuestionamiento comienza por los criterios expuestos en esta breve introducción: ¿por qué el debate público del X Congreso se ha empeñado en desmochar las ramas sin apuntar al tronco, y mucho menos a la raíz? ¿Por qué la autoflagelación militante por la “desmotivación”, la “pasividad” y la “apatía” —deficiencias más reiteradas según el discurso ofrecido por JR— como si estas fueran las causas en vez de las consecuencias de una estructuración fallida?

Al presentar tales reflejos internos de sí misma, la UJC trasluce una sinceridad a medias, que podría pasar por cierto oportunismo y cálculo político: reconocer aquellas deficiencias evidentes que no pueden ser ocultadas, pero enfatizar excesivamente en ellas para encubrir las más profundas y preocupantes deformaciones. Al final, las víctimas son convertidas en victimarios. Lo más triste es que estas lo aceptan, se lo creen, y se condenan al cadalso ellas mismas; mientras los grandes culpables permanecen impávidos tras un buró confortable.

Otra línea de análisis vedada a la opinión pública la constituye la pertinencia misma de la organización en el contexto cubano actual. En algunos sectores, tal escrutinio podría parecer una herejía; y la cuestión, por calificarse de tabú, ha permanecido en un limbo beneficioso solamente para los inmovilistas.

En tal tema, no podemos escuchar simplemente la opinión de los militantes, ni del Gobierno, ni de la burocracia empoderada, sino de absolutamente toda la sociedad. ¿Acaso la UJC no se beneficia también del presupuesto central del Estado? ¿Acaso ese presupuesto no se engrosa con la riqueza producida por los trabajadores cubanos, sean o no miembros de la organización? Por tanto, de una u otra manera, toda la ciudadanía es  un poco dueña de ese patrimonio. Por mi parte, considero necesario y útil el mantenimiento de una estructura que agrupe a los jóvenes marxistas y patrióticos con un alto sentido del compromiso. Pero considero aun más necesario y útil un salto cualitativo favorable en ella; una evolución que le permita dejar de ser ancla para convertirse en vela.

Otra cuestión obviada por el debate del X Congreso consiste en la naturaleza del liderazgo en la organización. Nadie se vuelve líder por decreto, ni porque su retrato salga con frecuencia en la primera página de los diarios, ni en los titulares del noticiero. El liderazgo hay que ganárselo en la lucidez, y en el pan de lo cotidiano. Tal presunción, amparada en el apoyo incondicional desde las altas esferas, solo ha conseguido mermar la influencia de la UJC, no solo en el universo al que debe cautivar, sino hasta en las filas de sus propios militantes. Cuando se hace política para complacer a otros, la paga más natural es el desarraigo.

Una de los motivos que justifica la situación actual del liderazgo, radica en el carácter poco democrático de la elección de los cuadros que más podrían impulsar los cambios. Como bien se sabe, en la UJC la política se construye desde arriba, y así mismo se van eligiendo los encargados a todos los niveles. Por ejemplo, para la designación de un cuadro profesional (o sea, que viva enteramente de sus labores políticas), la estructura inmediata superior debe ratificarlo. Por ejemplo, si la base quisiera “postular” a un militante para el cargo de Secretario Municipal, el Secretariado Provincial tiene que aprobar la designación, y así sucesivamente hasta la punta de la pirámide.

Y la pregunta entonces consiste: ¿la estructura superior validaría a un sujeto con ansias transformadoras profundas, con la posibilidad de poner en crisis el modo de vida que ya han adoptado los decisores? ¿Quién está dispuesto a tolerar a un dirigente capaz de amenazarle el automóvil que disfruta? ¿O la gasolina free? ¿O la semana de vacaciones en la villa? ¿O el viajecito que se puede ganar? ¿O tal o más cuál recurso que administra? ¿O la esperanza de que le oferten una vivienda? ¿O la posibilidad de seguir viviendo en La Habana? ¿O cualquiera de los pequeños privilegios que desde otra posición social le sería imposible percibir?

El resultado de la regulación es muy natural: los de “arriba” elegirán a sujetos con características y aspiraciones semejantes a las de ellos, mientras se marginará cualquier flujo renovador o diferente. Con la actual estructura de mando, los intentos de cambio nacidos desde la base están condenados a perecer antes del alumbramiento. Lo que encierra un peligro aun mayor, porque solo le deja la puerta abierta a una transformación desde “la altura”. La consumación de tal posibilidad —casi seguro— poco beneficiaría en su naturaleza a los de abajo, porque vendría signada por el ajuste de las necesidades de esos mismos decisores en otro contexto posible.

Por tales motivos, considero los llamados contra la “desmotivación”, la “pasividad” y la “apatía” —en el mejor de los casos— como una ingenuidad. El hombre seguirá pensando (y por consecuencia actuando), como vive. Ni chasqueando los dedos, ni dedicándole chorros de tinta en los periódicos, ni hinchando las venas con consignas, se podrá revertir la situación actual, que el debate del X Congreso solo ha percibido a medias y superficialmente. La UJC necesita una regeneración desde la raíz hasta el ala. De continuar así, solo nos desplazaríamos hacia un camino que conduce a otro camino que lleva a ninguna parte. Ya los pies nos han empezado a sangrar.

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2 comentarios en “Emplazando a la UJC en su X Congreso”

  1. Mi estimado amigo. Este artículo me da mucha pena, no tengo mucho que decir por que todo como dices queda en la inercia. Parece mentira, pero este artículo se queda muy por debajo de lo que realmente tu eres capaz de hacer. Te confieso que puedes hacer más que esto. Sin más.

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