Reflexiones desde una casa en las afueras de La Habana


img_37467(Publicada originalmente en Canarias Semanal)

Esta es una crónica de mi amigo y maestro Orlando Ruiz Ruiz, experimentado periodista cubano que me ha insuflado muchas enseñazas y su espíritu de lucha contra lo mal hecho. Disfruten el relato y sus palabras.

Hace poco una infausta coyuntura personal cambió el curso habitual por donde transitaba el andar de mi vida.  De la noche a la mañana se desmontó todo el andamiaje armado en armonioso quehacer durante los últimos veinte años: se trastornaron todas mis rutinas; cambió mi mesa, mi cama, deje de escuchar los ruidos quejumbrosos de mi viejo auto y, muy especialmente, empecé a vivir en una nueva casa, con sus sonidos y silencios, sus ventanas a la realidad y al descubrimiento de un nuevo ángulo del sol en el firmamento de cada día.

Pero verá usted, más que la compañía de la nostalgia, inevitable sombra que he tenido que apartar a empujones para que no se acurruque en mis silencios y soledades, aquí, en esta casita que ya comienza a tener las marcas de mi voluntad transformadora y del optimismo que nunca me ha abandonado, he comenzado también a saborear otras realidades, a crecer con la grandeza de humildades aleccionadoras y a beber agua clara en las fuentes más auténticas y puras del espíritu popular de este país.

En Barbosa -que es como se llama mi nuevo barrio- escucho cada mañana al despertar los pregones callejeros: el anuncio del pan fresco; las verduras y pasteles que oferta un bien entonado madrugador; la propuesta de los incontables reparadores de cuanto puede haberse roto en el hogar y el acompasado sonido de la filarmónica con que un afilador de tijeras pone fondo musical al concierto de tantas voces.

Desde el primer día conocí a Felino, un hombre entrado en años, pero con la agilidad de un lince a pesar de su marcapasos.  De su boca me enteré que en esta localidad enclavada en el extremo oeste de La Habana hay, según él, dos récords trascendentales: disponer del servicio de ómnibus más eficiente y estable de la ciudad, gracias a la gestión comunitaria, y contar con el pan y los dulces más sabroso de La Habana, además de una dinámica comercial pocas veces vista en lugares apartados del centro.

Con el apoyo de Mora –un ex militar con la talla exacta del buen amigo- pude proteger de la severa intemperie tropical el minúsculo auto que ahora poseo; pero también en Esther María y Diana, su esposa e hija, encontré orientación para un nuevo quehacer profesional tras mi jubilación temprana.  Su conversación de cordialidades plenas y espontánea sinceridad me ha permitido descubrir sitios y caminos para convertirme de nuevo en el profesor que durante mucho tiempo fui.  Ahora sé que muy cerca de mi hay lecciones que regalar y escuelas que pueden apreciarlas.  !  Vaya regocijo ¡ Maritza y sus dos tías –muy diferentes entre sí, pero igual de atentas y solícitas- son unas vecinas que me abrieron las puertas de su casa como quien recibe a alguien muy apreciado y cercano, para regocijarme luego con su detallado relato acerca de este reparto, que consideran acogedor como pocos sitios y dotado de una familiaridad de la que es difícil desprenderse.  Con personas como estas, pensé, es precisamente como se consolida una aspiración hecha frase popular en Cuba: “el respeto entre vecinos consolida la unidad del barrio”, y de toda una nación, afirmo yo.

En este punto de mi crónica “desde una casa en las afueras” puedo asegurar que la nuestra es una tierra tocada por el encanto de la solidaridad en cualquier sitio en que estés, bendecida por la voluntad de hacer el bien y hecha para la buena vecindad.  Allá quienes todavía en este planeta injusto no acaben de entenderlo.  De todos modos, continuaremos luchando porque florezca el amor entre el odio del mundo, como hacen con su afecto y su mano tendida los vecinos de Barbosa.

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