Inventario de retazos


muelle

Venga, amiga, y siéntese aquí, frente al mar, en su manta casi negra sobre estos mogotes de piedra. Siéntese y mire cómo las olas machacan los peñascos. Observe el parque industrial desdibujado a la distancia, ignore la carretera a las espaldas que dibuja rizos y se entronca con los puentes. Sienta la pesantez de las piedras del castillo y la mansedumbre de las vacas que pastan derredor. Si puede, junte sus muslos dentro del vestidito azul e ignore los poemas de mis manos. Apriete los labios con fingida seriedad, susurre el “hasta aquí has venido a perseguirme, solo me has complicado la existencia”, y luego, con la ingenuidad del quejido, calle mis respuestas con un beso.

Venga, amiga, y guarde los recuerdos en el componedor del olvido. Consuéleme con el silencio frente a la tumba del sagrado. Y también en el camino de regreso y media hora después del camposanto. Lávese el cabello y vístase de blanco ajustado y negro. Déjeme seducirla, convocarla a la aventura, recorrerla por los parques sembrados de trovadores. Caminemos enramados, y deje que nos sorprendan abrazados y cómplices. Perdóneme la sonrisa de niño maldito y la insensibilidad por su vergüenza.  

Venga, amiga, y cuente los escalones que la ascendieron a la azotea florida. Acérquese al borde y vea al pueblo cinco metros debajo de sus pies. Levante la mirada y báñese de noche. Aléjese en la oscuridad, incline el cuerpo al pasar bajo las tendederas húmedas y sostenga mi mano. Luego, cierre los ojos y recuéstese junto al borde cómplice pintado de cal. O mejor, arrodíllese, y encienda un cirio con los labios, para luego apagarlo de un soplido tras la puerta cerrada y la bañera.

Venga, amiga, y acláreme esta maraña de caminos que conducen a otros caminos que llevan a ninguna parte. Miéntame un falso adiós y unas dudas; bórreme sus huellas de un fin de semana junto al río de aguas curadoras. Dígame que fue falsa libertad. Salga por la puerta entreabierta y quejumbrosa; esconda las paredes engalanadas con sábanas blancas a medio secar. Y también enójese. Y proteste. Y maldiga. Y tómese amargada su helado de chocolate entre lágrimas, reproches y soberbias.

Venga, amiga, y dígame por qué somos amigos todavía. Venga y camine de mi brazo sobre este muelle con sus barcazas hoscas; acomódese a esta mesa de madera y tome su piña colada sin alcohol; ponga un pie frente al otro y agárreme del codo hasta llegar al colorido boulevard; cómprese, tras varios intentos fallidos, las chancletas carmelitas con su flor de cuero. Recorra, tras posar frente a la estatua del gran músico, el prado concurrido y el malecón que vigila nuestros roces.

Venga, amiga, y juntemos los retazos de la soledad. Venga y estrenemos más amaneceres. Evitemos las madrugadas huidizas repletas de hambres, y el riesgo inoportuno de saltar de piedra en piedra hasta que nos sorprendan. Que el día menos pensado, amiga, resbalamos para no levantarnos jamás. O para que nos levanten otras manos ajenas a un nosotros.

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Un comentario en “Inventario de retazos”

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